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El otro día, alentada por una especie de curiosidad irrefrenable, me sometí al buen hacer de una clarividente (según sus propias referencias, bruja de nacimiento). No seré yo quien contradiga la “profesionalidad” de estas personas con dotes adivinatorias que, dicho sea de paso, parecen gozar de mayor popularidad en tiempos de crisis económica -por eso de las depresiones que genera en las familias la carestía y el desempleo-.

Pues fue dicho y hecho. Allí me presenté con la intención de buscar entretenimiento más que respuestas, puesto que soy más bien escéptica respecto a los poderes de adivinación de estas personas. En primer lugar, me preguntó nombre, signo del zodiaco y fecha de nacimiento. Por momentos quise morir de la risa, pues nunca me imaginé en una situación tal… El caso es que la tirada del Tarot perfiló bastantes detalles de mi vida y de mi personalidad, para luego dar paso a aspectos más concretos en los que se puede decir que no erró, sino más bien todo lo contrario.

Yo no daba crédito… La vidente dijo que me habían hecho un mal de ojo, que estaba atada de pies y manos, que llevaba mucha carga encima… Y me sometió a todo un ritual con velas incluidas para liberarme de esas energías negativas (me permitió escoger colores, eso sí). A continuación reconozco que ya me resultaba difícil contener las ganas de reír, puesto que llevo años sin rezar y no imaginaba que una bruja me iba a instar a hacerlo. Será que hay brujas católicas…

Ya fuera de ese “cenobio” estuve hablando del tema con un amigo. Y me decía: “la ciencia no puede estudiar eso porque no es algo sistemático; se estudia como fenómenos aislados”. Lo cierto es que salí satisfecha del lugar, porque después de la casi terapia pareciera que me hubiesen librado de todas las cargas; pero no dejo de pensar en que los clarividentes actúan con mucha psicología y… quizá intuyan más que adivinen. ¿Quién sabe si sea cierto que tenemos un destino, una historia escrita, un maktub o… un plan de Dios?

Tantas neuronas que hay en el cerebro y las que usamos para las actividades habituales son tan poquitas… Tan solo un 10% de nuestra capacidad, dicen los expertos. Pero con el poder de la mente es posible desarrollar algo como esto: la capacidad para mover objetos.

Hace un tiempo, una amiga me comentaba que había visto (en vivo y en directo) practicar la telequinesia. ¡Y en su propia mano! Igual que tantas veces hemos sido testigos a través de la televisión de cómo doblaban una cuchara o hacían moverse a un objeto de pequeñas proporciones.

El vídeo sobre las capacidades de Nina Kulagina es de finales de los años 60. Y el lugar, la extinta Unión Soviética, donde nació esta mujer común y corriente que, contraviniendo lo que dicen algunos, no era miembro del KGB. A finales de la década siguiente Nina Kulagina sufrió un ataque cardíaco que le obligó a disminuir esta práctica de la telequinesis. Al parecer, su latido cardíaco era irregular, tenía una alta presión sanguínea y un sistema endocrino “alterado”. Todo esto se traducía en constantes dolores en sus brazos y piernas, falta de coordinación y vértigos. Los síntomas fueron el resultado del uso constante de sus actividades paranormales, supuestamente. Así que, por si acaso, yo no osaría poner en práctica uno de esos manuales donde te indican paso a paso cómo interactuar con la energía de los objetos.

No es un milagro de Fátima, no es misterioso y no es paranormal. Escapar de las leyes de la física no es imposible. Muchos puedan pensar que eso de la levitación que se ha ilustrado de forma tan espectacular en películas como “El exorcismo de Emily Rose” o “La niña del exorcista” sea cosa de fantasías. Para los menos escépticos, quizá tenga vinculación con lo que se entiende por paranormal: un hechizo, una posesión de Satanás, brujería, un mal de ojo…

Este fenómeno espiritual y místico de la meditación se remonta muy atrás en el tiempo.Todos tenemos plena consciencia de que a lo largo de la historia se han realizado exorcismos para liberar al levitante de lo que se creía una invasión del demonio.
Pero, como cantaba una postulante a Eurovisión el año pasado, todo está en tu mente. No es nada nuevo decir que hay ¿privilegiados? con un psiquismo tan bestial que pueden hacer levitar los objetos o que, mediante rituales hipnóticos, son capaces de mantener flotando a un cuerpo humano. Y todo desafiando la ley de la gravedad sin aparente fuerza física.

A los tres estados mentales fundamentales (vigilia, sueño y reposo) se añade el de la meditación, que requiere de mucha práctica para su desarrollo. Meditar sería algo así como la perfecta armonía entre cuerpo y mente. Es a través de esto como podemos alcanzar un estado de levitación, aunque “expertos” en el tema dicen que la habilidad puede presentarse de forma espontánea.

Está documentado que algunos yoguis, médiums y personas que practican Reiki han experimentado un estado parecido al de la levitación: el dominio de su ser por una fuerza superior. No obstante, la comunidad científica rechaza la “antigravedad” y califica todo esto de mera ilusión. Eso sí, reconoce la levitación cuando se producen ciertas interacciones de fuerzas físicas (eléctricas, magnéticas, acústicas…).

Sea como fuere, el poder de la mente es de un alcance desconocido. Lo difícil muchas veces es demostrarlo empíricamente, porque los misterios del mundo espiritual tienen razones que desbordan a la física.

Muchas veces se oye a las madres decir que tienen un instinto o una capacidad especial para saber cómo se sienten sus hijos, incluso después de la primera infancia. Aparte de este sexto sentido maternal, algunas parejas aseguran contar con una conexión especial que les permite saber qué piensa el otro. Y hay terceros que garantizan poder leer la mente de cualquiera; estos son o bien esquizofrénicos o bien clarividentes.

No debe confundirse con la premonición. La telepatía es fácil de explicar y no tanto de demostrar empíricamente. Uno siente lo que está sintiendo el otro; mira al otro y sabe lo que piensa… Incluso se puede enviar una imagen al que está durmiendo para que la incorpore en su sueño (es frecuente en narraciones y películas, pero en los experimentos reales parece tener resultados menos satisfactorios a la ficción).

La telepatía es un tipo de percepción en el que no median los cinco sentidos y en la que se produce una transferencia de información. Forma parte del tipo de fenómenos conocidos como Psi-Gamma.

Para gran parte de la comunidad científica es improbable que tengamos telepatía. La inexactitud de resultados en las demostraciones sustenta su incredulidad. Es más, defienden que nuestro cerebro no tiene la suficiente energía como para poder transmitir información. Los únicos indicios de la existencia de la telepatía son, por tanto, testimoniales.

 

No me refiero a la reencarnación ni a la felicidad eterna en el paraíso. Hay quien dice haber experimentado la vida después de una muerte clínica… Responde a lo que se conoce con el tecnicismo de “near-death experiences” (NDEs) o experiencias cercanas a la muerte, que no es otra cosa que la manida experiencia del “túnel”.

Sobran testimonios y faltan estudios serios. Lo que parece claro hasta el momento es que se produce una disociación, una abstracción a una realidad más apacible como defensa ante una situación de extremo peligro para el paciente. En un sentido más poético, podríamos hablar de la separación entre cuerpo y alma (o mente). Se abandonan las sensaciones corporales y la mente deja el soporte del cuerpo para volar a otra dimensión.
En otras palabras, la existencia de una vida “mental” aun cuando el cerebro ya no puede procesar información.

Las personas que han tenido esta aventura multiorgásmica aseguran que ha cambiado su vida, que se sienten preparados para la verdadera muerte. Puede que se recreen en su historia, como cuando nos recreamos en un sueño…, pero desde luego es una cuestión de la que poco se sabe y resultaría revolucionario para nuestro pensamiento encontrar un poco de luz.

No es una ni dos. Son muchas las personas que aseguran haberse anticipado a una amenaza. Y quien dice anticiparse a una amenza, habla también de sentirse observado cuando, efectivamente, así es.

Algo tan simple como notar unos ojos en la espalda, advertir un cambio de semáforo sin tener la vista fija en él,  levantarse con un mal augurio que luego se materializa… O el llamado “sentido maternal”, que explica un estrecho vínculo entre madres e hijos.

Me refiero al mundo de las percepciones extrasensoriales. Nadie cuestiona que los animales tienen un código comunicativo especial y una sensibilidad única que se activan ante lo que va a ocurrir. Son capaces de identificar señales inmateriales de peligros que puedan poner en jaque su existencia.

Y como animales, los humanos no escapamos de eso, aunque en nosotros la sensibilidad de percepción se manifieste de una forma menos contundente. Sin embargo, parece que la gente se muestra más escéptica a admitir que existe una capacidad extrasensorial que trasciende la experiencia en el caso humano. Este temor a aceptarlo probablemente tenga su razón de ser en la incredulidad que despiertan muchos charlatanes que manifiestan su facultad de prever los acontecimientos cuando no es una capacidad real ni verificable.

Pero lo que yo trato de reflejar es que viene en clave democrática, porque afecta a la totalidad de las personas. La percepción extrasensorial se manifiesta en cada uno de nosotros. Igual que unos han llegado a regiones mentales que resultan inexploradas para otros, la percepción extrasensorial fluctúa en cada persona. No sé si es una cuestión de entrenamiento o, por el contrario, algo innato; supongo que es una combinación de ambos elementos.

Hace poco, hablaba del tema con una defensora a ultranza de estas habilidades y me decía que es normal que no las desarrollemos (aun teniendo la capacidad), cuando en lugar de vivir en unión a la naturaleza estamos cada vez más embrutecidos por la tecnología. Aseguraba que si nos desconectásemos de lo material y pudiéramos entrar en un plano más espiritual, no sería tan complicado cultivar lo que ella define como “un don maravilloso que todos tenemos en nuestra mente”. Leer el resto de esta entrada »