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En un anterior artículo abría el debate de las percepciones extrasensoriales, fenómenos de los que se encarga la parapsicología.
En parte, de esto nos habla la ciencia noética, una disciplina que intenta poner claridad a los entresijos de la mente (conciencia, alma o espíritu) en relación con el mundo que nos rodea.

Todos nos lo hemos planteado alguna vez, todos nos hemos preguntado si estaría en lo cierto Platón cuando decía que  el alma tiene entidad propia. Uno de los puntos clave donde se centra el debate de la ciencia noética es la existencia o no de un alma que vive independientemente del cuerpo después de la muerte. La postura noética es dualista, es decir, cree en una vida futura donde la conciencia subsiste aun sin cuerpo.
Defienden una existencia lógica de esa supervivencia y mantienen que es también una posibilidad empírica, pues consideran al cerebro un mero transmisor entre la mente y el cuerpo, no un ente inseparable de la mente.
Ya Hipócrates definió al cerebro como “un mensajero de la conciencia”. Sus defensores de los últimos tiempos han sido Schiller, Bergson y James.

Otro de los aspectos que preocupan a los científicos noéticos es la posible existencia de fraudes detrás de esas personas que aseguran tener poderes psíquicos excepcionales.
En muchos casos, sólo se trata de magos que engañan incluso a los propios científicos, pero ellos trabajan con ilusiones no con capacidades paranormales reales.

Los noéticos se muestran bastante escépticos respecto a las personas con capacidades psíquicas especiales. Sobre todo, hacen sus investigaciones con gente común y corriente. Así han llegado a la conclusión de que la telepatía es una facultad presente en todos y cada uno de nosotros, aunque se manifieste de forma inconsciente.

No es una ni dos. Son muchas las personas que aseguran haberse anticipado a una amenaza. Y quien dice anticiparse a una amenza, habla también de sentirse observado cuando, efectivamente, así es.

Algo tan simple como notar unos ojos en la espalda, advertir un cambio de semáforo sin tener la vista fija en él,  levantarse con un mal augurio que luego se materializa… O el llamado “sentido maternal”, que explica un estrecho vínculo entre madres e hijos.

Me refiero al mundo de las percepciones extrasensoriales. Nadie cuestiona que los animales tienen un código comunicativo especial y una sensibilidad única que se activan ante lo que va a ocurrir. Son capaces de identificar señales inmateriales de peligros que puedan poner en jaque su existencia.

Y como animales, los humanos no escapamos de eso, aunque en nosotros la sensibilidad de percepción se manifieste de una forma menos contundente. Sin embargo, parece que la gente se muestra más escéptica a admitir que existe una capacidad extrasensorial que trasciende la experiencia en el caso humano. Este temor a aceptarlo probablemente tenga su razón de ser en la incredulidad que despiertan muchos charlatanes que manifiestan su facultad de prever los acontecimientos cuando no es una capacidad real ni verificable.

Pero lo que yo trato de reflejar es que viene en clave democrática, porque afecta a la totalidad de las personas. La percepción extrasensorial se manifiesta en cada uno de nosotros. Igual que unos han llegado a regiones mentales que resultan inexploradas para otros, la percepción extrasensorial fluctúa en cada persona. No sé si es una cuestión de entrenamiento o, por el contrario, algo innato; supongo que es una combinación de ambos elementos.

Hace poco, hablaba del tema con una defensora a ultranza de estas habilidades y me decía que es normal que no las desarrollemos (aun teniendo la capacidad), cuando en lugar de vivir en unión a la naturaleza estamos cada vez más embrutecidos por la tecnología. Aseguraba que si nos desconectásemos de lo material y pudiéramos entrar en un plano más espiritual, no sería tan complicado cultivar lo que ella define como “un don maravilloso que todos tenemos en nuestra mente”. Leer el resto de esta entrada »