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Nos debatimos entre dos polos: el bien y el mal. Producimos energías positivas y negativas por igual, muchas veces sin ser conscientes de ello. Al menos, así describen el ciclo de la vida en tantas culturas alrededor del mundo. La fuerza interna actúa en ambas direcciones: nuestras inseguridades pueden ser un perjuicio para nosotros mismos y para el conjunto de los que nos rodean; igual que en el sentido positivo, podemos desviar las buenas vibraciones a otras personas.

La cultura popular se ha afanado en decir sobre el mal de ojo que es una maldición, pero no…, nada tiene que ver con vudú o con hechizos. El mal de ojo (de existir) se produce a través de una “mirada”, como lleva implícito su propio nombre.
Forma parte del inventario de fenómenos supersticiosos y a día de hoy, combatirlo sigue siendo una lucha permanente para muchas sociedades, incluso en Occidente.

La mirada nos delata, dice todo de nosotros. Por eso, desde tiempos inmemoriales ha sido el primer transmisor de energías positivas o negativas del alma humana. Para los expertos en estos menesteres de la clarividencia y las artes ocultas, el órgano con más poder es la vista, porque es el que nos da la primera experiencia de todo lo que hay a nuestro alrededor.
En el caso del mal de ojo, y sin necesidad de que la mirada sea directa (puede ser simbólica), lo que se comunica -consciente o inconscientemente, puesto que muchas veces el provocador desconoce los propios deseos que transmite- es la envidia, la rabia…

Los síntomas que se relacionan con el aojamiento son el cansancio, la falta de concentración, tristeza y llanto permanentes, adormecimiento o, por el contrario, insomnio, que acaban por enfermar gravemente a la víctima. De la misma manera, el mal de ojo se puede desviar hacia una persona muy querida por la víctima.

Desde el antiguo Egipto y hasta la actualidad, en muchos lugares de América y en las culturas orientales, se usan amuletos para prevenir el mal de ojo. Y es común proteger a los bebés con cintas o minerales desde su primer suspiro en la tierra, por ser considerados los más vulnerables a la amenaza.

Tantas neuronas que hay en el cerebro y las que usamos para las actividades habituales son tan poquitas… Tan solo un 10% de nuestra capacidad, dicen los expertos. Pero con el poder de la mente es posible desarrollar algo como esto: la capacidad para mover objetos.

Hace un tiempo, una amiga me comentaba que había visto (en vivo y en directo) practicar la telequinesia. ¡Y en su propia mano! Igual que tantas veces hemos sido testigos a través de la televisión de cómo doblaban una cuchara o hacían moverse a un objeto de pequeñas proporciones.

El vídeo sobre las capacidades de Nina Kulagina es de finales de los años 60. Y el lugar, la extinta Unión Soviética, donde nació esta mujer común y corriente que, contraviniendo lo que dicen algunos, no era miembro del KGB. A finales de la década siguiente Nina Kulagina sufrió un ataque cardíaco que le obligó a disminuir esta práctica de la telequinesis. Al parecer, su latido cardíaco era irregular, tenía una alta presión sanguínea y un sistema endocrino “alterado”. Todo esto se traducía en constantes dolores en sus brazos y piernas, falta de coordinación y vértigos. Los síntomas fueron el resultado del uso constante de sus actividades paranormales, supuestamente. Así que, por si acaso, yo no osaría poner en práctica uno de esos manuales donde te indican paso a paso cómo interactuar con la energía de los objetos.

No es un milagro de Fátima, no es misterioso y no es paranormal. Escapar de las leyes de la física no es imposible. Muchos puedan pensar que eso de la levitación que se ha ilustrado de forma tan espectacular en películas como “El exorcismo de Emily Rose” o “La niña del exorcista” sea cosa de fantasías. Para los menos escépticos, quizá tenga vinculación con lo que se entiende por paranormal: un hechizo, una posesión de Satanás, brujería, un mal de ojo…

Este fenómeno espiritual y místico de la meditación se remonta muy atrás en el tiempo.Todos tenemos plena consciencia de que a lo largo de la historia se han realizado exorcismos para liberar al levitante de lo que se creía una invasión del demonio.
Pero, como cantaba una postulante a Eurovisión el año pasado, todo está en tu mente. No es nada nuevo decir que hay ¿privilegiados? con un psiquismo tan bestial que pueden hacer levitar los objetos o que, mediante rituales hipnóticos, son capaces de mantener flotando a un cuerpo humano. Y todo desafiando la ley de la gravedad sin aparente fuerza física.

A los tres estados mentales fundamentales (vigilia, sueño y reposo) se añade el de la meditación, que requiere de mucha práctica para su desarrollo. Meditar sería algo así como la perfecta armonía entre cuerpo y mente. Es a través de esto como podemos alcanzar un estado de levitación, aunque “expertos” en el tema dicen que la habilidad puede presentarse de forma espontánea.

Está documentado que algunos yoguis, médiums y personas que practican Reiki han experimentado un estado parecido al de la levitación: el dominio de su ser por una fuerza superior. No obstante, la comunidad científica rechaza la “antigravedad” y califica todo esto de mera ilusión. Eso sí, reconoce la levitación cuando se producen ciertas interacciones de fuerzas físicas (eléctricas, magnéticas, acústicas…).

Sea como fuere, el poder de la mente es de un alcance desconocido. Lo difícil muchas veces es demostrarlo empíricamente, porque los misterios del mundo espiritual tienen razones que desbordan a la física.

Muchas veces se oye a las madres decir que tienen un instinto o una capacidad especial para saber cómo se sienten sus hijos, incluso después de la primera infancia. Aparte de este sexto sentido maternal, algunas parejas aseguran contar con una conexión especial que les permite saber qué piensa el otro. Y hay terceros que garantizan poder leer la mente de cualquiera; estos son o bien esquizofrénicos o bien clarividentes.

No debe confundirse con la premonición. La telepatía es fácil de explicar y no tanto de demostrar empíricamente. Uno siente lo que está sintiendo el otro; mira al otro y sabe lo que piensa… Incluso se puede enviar una imagen al que está durmiendo para que la incorpore en su sueño (es frecuente en narraciones y películas, pero en los experimentos reales parece tener resultados menos satisfactorios a la ficción).

La telepatía es un tipo de percepción en el que no median los cinco sentidos y en la que se produce una transferencia de información. Forma parte del tipo de fenómenos conocidos como Psi-Gamma.

Para gran parte de la comunidad científica es improbable que tengamos telepatía. La inexactitud de resultados en las demostraciones sustenta su incredulidad. Es más, defienden que nuestro cerebro no tiene la suficiente energía como para poder transmitir información. Los únicos indicios de la existencia de la telepatía son, por tanto, testimoniales.

En un anterior artículo abría el debate de las percepciones extrasensoriales, fenómenos de los que se encarga la parapsicología.
En parte, de esto nos habla la ciencia noética, una disciplina que intenta poner claridad a los entresijos de la mente (conciencia, alma o espíritu) en relación con el mundo que nos rodea.

Todos nos lo hemos planteado alguna vez, todos nos hemos preguntado si estaría en lo cierto Platón cuando decía que  el alma tiene entidad propia. Uno de los puntos clave donde se centra el debate de la ciencia noética es la existencia o no de un alma que vive independientemente del cuerpo después de la muerte. La postura noética es dualista, es decir, cree en una vida futura donde la conciencia subsiste aun sin cuerpo.
Defienden una existencia lógica de esa supervivencia y mantienen que es también una posibilidad empírica, pues consideran al cerebro un mero transmisor entre la mente y el cuerpo, no un ente inseparable de la mente.
Ya Hipócrates definió al cerebro como “un mensajero de la conciencia”. Sus defensores de los últimos tiempos han sido Schiller, Bergson y James.

Otro de los aspectos que preocupan a los científicos noéticos es la posible existencia de fraudes detrás de esas personas que aseguran tener poderes psíquicos excepcionales.
En muchos casos, sólo se trata de magos que engañan incluso a los propios científicos, pero ellos trabajan con ilusiones no con capacidades paranormales reales.

Los noéticos se muestran bastante escépticos respecto a las personas con capacidades psíquicas especiales. Sobre todo, hacen sus investigaciones con gente común y corriente. Así han llegado a la conclusión de que la telepatía es una facultad presente en todos y cada uno de nosotros, aunque se manifieste de forma inconsciente.

No es una ni dos. Son muchas las personas que aseguran haberse anticipado a una amenaza. Y quien dice anticiparse a una amenza, habla también de sentirse observado cuando, efectivamente, así es.

Algo tan simple como notar unos ojos en la espalda, advertir un cambio de semáforo sin tener la vista fija en él,  levantarse con un mal augurio que luego se materializa… O el llamado “sentido maternal”, que explica un estrecho vínculo entre madres e hijos.

Me refiero al mundo de las percepciones extrasensoriales. Nadie cuestiona que los animales tienen un código comunicativo especial y una sensibilidad única que se activan ante lo que va a ocurrir. Son capaces de identificar señales inmateriales de peligros que puedan poner en jaque su existencia.

Y como animales, los humanos no escapamos de eso, aunque en nosotros la sensibilidad de percepción se manifieste de una forma menos contundente. Sin embargo, parece que la gente se muestra más escéptica a admitir que existe una capacidad extrasensorial que trasciende la experiencia en el caso humano. Este temor a aceptarlo probablemente tenga su razón de ser en la incredulidad que despiertan muchos charlatanes que manifiestan su facultad de prever los acontecimientos cuando no es una capacidad real ni verificable.

Pero lo que yo trato de reflejar es que viene en clave democrática, porque afecta a la totalidad de las personas. La percepción extrasensorial se manifiesta en cada uno de nosotros. Igual que unos han llegado a regiones mentales que resultan inexploradas para otros, la percepción extrasensorial fluctúa en cada persona. No sé si es una cuestión de entrenamiento o, por el contrario, algo innato; supongo que es una combinación de ambos elementos.

Hace poco, hablaba del tema con una defensora a ultranza de estas habilidades y me decía que es normal que no las desarrollemos (aun teniendo la capacidad), cuando en lugar de vivir en unión a la naturaleza estamos cada vez más embrutecidos por la tecnología. Aseguraba que si nos desconectásemos de lo material y pudiéramos entrar en un plano más espiritual, no sería tan complicado cultivar lo que ella define como “un don maravilloso que todos tenemos en nuestra mente”. Leer el resto de esta entrada »