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Pánico es lo que sentían las víctimas de Freddy Krueger con tan sólo aparecer en sus peores pesadillas. Y morir de un ataque de pánico no es tan difícil, pero sólo en la ficción. Lo cierto es que los ataques de pánico nada tienen de paranormales y son cada vez más frecuentes (o mejor dicho, hay más casos documentados a día de hoy). Son reacciones tan antiguas como el ser humano; el temor natural frente a lo que nuestro cerebro considera un peligro (real o imaginario).

La edad de “inicio” del trastorno se sitúa en torno a los 18 ó 25 años por lo general y esto hace pensar que los episodios de crisis estén relacionados con la autonomía personal, la desvinculación, la dificultad para afrontar situaciones que causan intranquilidad en el sujeto. En definitiva, todo parece tener que ver con la vida emocional y los significados que se le dan a ésta.

Taquicardia, dificultad para respirar, hiperventilación pulmonar, mareos o temblores. Los ataques de angustia pueden ocurrir en cualquier momento o lugar sin previo aviso. Son la ansiedad llevada al extremo, un trastorno en el que el paciente cree que está experimentando algo peligroso (que morirá de un ataque al corazón o sufrirá un desmayo), pero la realidad es que estos episodios no representan ningún peligro. El verdadero peligro en el que caen algunos afectados por estos ataques es intentar evitarlos por medio de rituales y supersticiones. Eso perpetúa el problema. Así que cuanto antes corrijamos la creencia de que el pánico puede conducir a la muerte, antes podremos atajar el conflicto.

 

No me refiero a la reencarnación ni a la felicidad eterna en el paraíso. Hay quien dice haber experimentado la vida después de una muerte clínica… Responde a lo que se conoce con el tecnicismo de “near-death experiences” (NDEs) o experiencias cercanas a la muerte, que no es otra cosa que la manida experiencia del “túnel”.

Sobran testimonios y faltan estudios serios. Lo que parece claro hasta el momento es que se produce una disociación, una abstracción a una realidad más apacible como defensa ante una situación de extremo peligro para el paciente. En un sentido más poético, podríamos hablar de la separación entre cuerpo y alma (o mente). Se abandonan las sensaciones corporales y la mente deja el soporte del cuerpo para volar a otra dimensión.
En otras palabras, la existencia de una vida “mental” aun cuando el cerebro ya no puede procesar información.

Las personas que han tenido esta aventura multiorgásmica aseguran que ha cambiado su vida, que se sienten preparados para la verdadera muerte. Puede que se recreen en su historia, como cuando nos recreamos en un sueño…, pero desde luego es una cuestión de la que poco se sabe y resultaría revolucionario para nuestro pensamiento encontrar un poco de luz.