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Pánico es lo que sentían las víctimas de Freddy Krueger con tan sólo aparecer en sus peores pesadillas. Y morir de un ataque de pánico no es tan difícil, pero sólo en la ficción. Lo cierto es que los ataques de pánico nada tienen de paranormales y son cada vez más frecuentes (o mejor dicho, hay más casos documentados a día de hoy). Son reacciones tan antiguas como el ser humano; el temor natural frente a lo que nuestro cerebro considera un peligro (real o imaginario).

La edad de “inicio” del trastorno se sitúa en torno a los 18 ó 25 años por lo general y esto hace pensar que los episodios de crisis estén relacionados con la autonomía personal, la desvinculación, la dificultad para afrontar situaciones que causan intranquilidad en el sujeto. En definitiva, todo parece tener que ver con la vida emocional y los significados que se le dan a ésta.

Taquicardia, dificultad para respirar, hiperventilación pulmonar, mareos o temblores. Los ataques de angustia pueden ocurrir en cualquier momento o lugar sin previo aviso. Son la ansiedad llevada al extremo, un trastorno en el que el paciente cree que está experimentando algo peligroso (que morirá de un ataque al corazón o sufrirá un desmayo), pero la realidad es que estos episodios no representan ningún peligro. El verdadero peligro en el que caen algunos afectados por estos ataques es intentar evitarlos por medio de rituales y supersticiones. Eso perpetúa el problema. Así que cuanto antes corrijamos la creencia de que el pánico puede conducir a la muerte, antes podremos atajar el conflicto.

El contacto físico es fundamental para el desarrollo de nuestras emociones.
Se tienen amigos virtuales, se vive solo, haciendo que nos estemos volviendo menos táctiles con los demás. Pero el contacto físico es fundamental para nuestra salud, ya que las manos pueden ser sanadoras.

Bertrand Russell escribió: “No sólo nuestra geometría y nuestro físico, sino nuestra concepción completa de lo que existe fuera de nosotros, está basada en el sentido del tacto”.

Nos asusta cualquier tipo de contacto físico con extraños por temor a que pueda ser antihigiénico,  inapropiado, o violento.
Se puede demostrar que los efectos de no tener contacto físico pueden ser nefastos para nuestro bienestar, como individuos y como sociedad.

Un estudio realizado en 1997 sobre la cantidad de contacto y de agresión entre adolescentes, se observó el comportamiento de 40 de ellos en establecimientos de McDonald en París y Miami. Los resultados fueron que los adolescentes estadounidenses pasaban considerablemente menos tiempo acariciando, besando, abrazando y recostándose con sus acompañantes que los franceses.

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La salud y la enfermedad reflejan la interacción entre el ser humano y el entorno. Las modificaciones en el medio en el que vivimos los humanos comportan alteraciones de las funciones del organismo y la producción de enfermedades. La velocidad de cambio social y nuestra biología pueden acentuar este desajuste, pero si a éste hecho le juntamos un entorno donde encontramos grandes desigualdades sociales y económicas, grandes aglomeraciones urbanas, pésimas condiciones laborales, bolsas de pobreza severas y otras situaciones muy estresantes y sostenidas, podemos entender mejor cómo la salud mental vaya deteriorándose y genere procesos de ansiedad y depresión cada vez más extendidos en las sociedades desarrolladas y en las que están en proceso de desarrollo, como ponen de manifiesto la OMS y diversos trabajos de investigación.

El estrés, palabra que es utilizada de forma masiva y en muchos casos incorrectamente, es un micromecanismo explicativo donde convergen determinados elementos propios de las ciencias biológicas y de las ciencias sociales.

El estrés seria la respuesta por parte de nuestro organismo para reestablecer el equilibrio de nuestro cuerpo (homeostasis) que puede ser alterado por diversas circunstancias.

Los problemas los tendríamos por el hecho de que como seres sofisticados cognitivamente somos capaces de generar hormonas (glucocorticoides) de forma crónica a causa de este estrés psicológico y social continuado.

La subordinación social permanente e involuntaria llevaría a sentirse estresado de forma crónica, lo que daría lugar a una respuesta de estrés hiperactiva y que a la vez conduciría a enfermedades asociadas al estrés. Cuando se pasa de un estado agudo (ansiedad) a un estado de alarma continua y se hace crónico y habitual, comporta determinados procesos más graves como la depresión.

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