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El otro día, alentada por una especie de curiosidad irrefrenable, me sometí al buen hacer de una clarividente (según sus propias referencias, bruja de nacimiento). No seré yo quien contradiga la “profesionalidad” de estas personas con dotes adivinatorias que, dicho sea de paso, parecen gozar de mayor popularidad en tiempos de crisis económica -por eso de las depresiones que genera en las familias la carestía y el desempleo-.

Pues fue dicho y hecho. Allí me presenté con la intención de buscar entretenimiento más que respuestas, puesto que soy más bien escéptica respecto a los poderes de adivinación de estas personas. En primer lugar, me preguntó nombre, signo del zodiaco y fecha de nacimiento. Por momentos quise morir de la risa, pues nunca me imaginé en una situación tal… El caso es que la tirada del Tarot perfiló bastantes detalles de mi vida y de mi personalidad, para luego dar paso a aspectos más concretos en los que se puede decir que no erró, sino más bien todo lo contrario.

Yo no daba crédito… La vidente dijo que me habían hecho un mal de ojo, que estaba atada de pies y manos, que llevaba mucha carga encima… Y me sometió a todo un ritual con velas incluidas para liberarme de esas energías negativas (me permitió escoger colores, eso sí). A continuación reconozco que ya me resultaba difícil contener las ganas de reír, puesto que llevo años sin rezar y no imaginaba que una bruja me iba a instar a hacerlo. Será que hay brujas católicas…

Ya fuera de ese “cenobio” estuve hablando del tema con un amigo. Y me decía: “la ciencia no puede estudiar eso porque no es algo sistemático; se estudia como fenómenos aislados”. Lo cierto es que salí satisfecha del lugar, porque después de la casi terapia pareciera que me hubiesen librado de todas las cargas; pero no dejo de pensar en que los clarividentes actúan con mucha psicología y… quizá intuyan más que adivinen. ¿Quién sabe si sea cierto que tenemos un destino, una historia escrita, un maktub o… un plan de Dios?

Pánico es lo que sentían las víctimas de Freddy Krueger con tan sólo aparecer en sus peores pesadillas. Y morir de un ataque de pánico no es tan difícil, pero sólo en la ficción. Lo cierto es que los ataques de pánico nada tienen de paranormales y son cada vez más frecuentes (o mejor dicho, hay más casos documentados a día de hoy). Son reacciones tan antiguas como el ser humano; el temor natural frente a lo que nuestro cerebro considera un peligro (real o imaginario).

La edad de “inicio” del trastorno se sitúa en torno a los 18 ó 25 años por lo general y esto hace pensar que los episodios de crisis estén relacionados con la autonomía personal, la desvinculación, la dificultad para afrontar situaciones que causan intranquilidad en el sujeto. En definitiva, todo parece tener que ver con la vida emocional y los significados que se le dan a ésta.

Taquicardia, dificultad para respirar, hiperventilación pulmonar, mareos o temblores. Los ataques de angustia pueden ocurrir en cualquier momento o lugar sin previo aviso. Son la ansiedad llevada al extremo, un trastorno en el que el paciente cree que está experimentando algo peligroso (que morirá de un ataque al corazón o sufrirá un desmayo), pero la realidad es que estos episodios no representan ningún peligro. El verdadero peligro en el que caen algunos afectados por estos ataques es intentar evitarlos por medio de rituales y supersticiones. Eso perpetúa el problema. Así que cuanto antes corrijamos la creencia de que el pánico puede conducir a la muerte, antes podremos atajar el conflicto.

Nos debatimos entre dos polos: el bien y el mal. Producimos energías positivas y negativas por igual, muchas veces sin ser conscientes de ello. Al menos, así describen el ciclo de la vida en tantas culturas alrededor del mundo. La fuerza interna actúa en ambas direcciones: nuestras inseguridades pueden ser un perjuicio para nosotros mismos y para el conjunto de los que nos rodean; igual que en el sentido positivo, podemos desviar las buenas vibraciones a otras personas.

La cultura popular se ha afanado en decir sobre el mal de ojo que es una maldición, pero no…, nada tiene que ver con vudú o con hechizos. El mal de ojo (de existir) se produce a través de una “mirada”, como lleva implícito su propio nombre.
Forma parte del inventario de fenómenos supersticiosos y a día de hoy, combatirlo sigue siendo una lucha permanente para muchas sociedades, incluso en Occidente.

La mirada nos delata, dice todo de nosotros. Por eso, desde tiempos inmemoriales ha sido el primer transmisor de energías positivas o negativas del alma humana. Para los expertos en estos menesteres de la clarividencia y las artes ocultas, el órgano con más poder es la vista, porque es el que nos da la primera experiencia de todo lo que hay a nuestro alrededor.
En el caso del mal de ojo, y sin necesidad de que la mirada sea directa (puede ser simbólica), lo que se comunica -consciente o inconscientemente, puesto que muchas veces el provocador desconoce los propios deseos que transmite- es la envidia, la rabia…

Los síntomas que se relacionan con el aojamiento son el cansancio, la falta de concentración, tristeza y llanto permanentes, adormecimiento o, por el contrario, insomnio, que acaban por enfermar gravemente a la víctima. De la misma manera, el mal de ojo se puede desviar hacia una persona muy querida por la víctima.

Desde el antiguo Egipto y hasta la actualidad, en muchos lugares de América y en las culturas orientales, se usan amuletos para prevenir el mal de ojo. Y es común proteger a los bebés con cintas o minerales desde su primer suspiro en la tierra, por ser considerados los más vulnerables a la amenaza.

Tantas neuronas que hay en el cerebro y las que usamos para las actividades habituales son tan poquitas… Tan solo un 10% de nuestra capacidad, dicen los expertos. Pero con el poder de la mente es posible desarrollar algo como esto: la capacidad para mover objetos.

Hace un tiempo, una amiga me comentaba que había visto (en vivo y en directo) practicar la telequinesia. ¡Y en su propia mano! Igual que tantas veces hemos sido testigos a través de la televisión de cómo doblaban una cuchara o hacían moverse a un objeto de pequeñas proporciones.

El vídeo sobre las capacidades de Nina Kulagina es de finales de los años 60. Y el lugar, la extinta Unión Soviética, donde nació esta mujer común y corriente que, contraviniendo lo que dicen algunos, no era miembro del KGB. A finales de la década siguiente Nina Kulagina sufrió un ataque cardíaco que le obligó a disminuir esta práctica de la telequinesis. Al parecer, su latido cardíaco era irregular, tenía una alta presión sanguínea y un sistema endocrino “alterado”. Todo esto se traducía en constantes dolores en sus brazos y piernas, falta de coordinación y vértigos. Los síntomas fueron el resultado del uso constante de sus actividades paranormales, supuestamente. Así que, por si acaso, yo no osaría poner en práctica uno de esos manuales donde te indican paso a paso cómo interactuar con la energía de los objetos.

No es un milagro de Fátima, no es misterioso y no es paranormal. Escapar de las leyes de la física no es imposible. Muchos puedan pensar que eso de la levitación que se ha ilustrado de forma tan espectacular en películas como “El exorcismo de Emily Rose” o “La niña del exorcista” sea cosa de fantasías. Para los menos escépticos, quizá tenga vinculación con lo que se entiende por paranormal: un hechizo, una posesión de Satanás, brujería, un mal de ojo…

Este fenómeno espiritual y místico de la meditación se remonta muy atrás en el tiempo.Todos tenemos plena consciencia de que a lo largo de la historia se han realizado exorcismos para liberar al levitante de lo que se creía una invasión del demonio.
Pero, como cantaba una postulante a Eurovisión el año pasado, todo está en tu mente. No es nada nuevo decir que hay ¿privilegiados? con un psiquismo tan bestial que pueden hacer levitar los objetos o que, mediante rituales hipnóticos, son capaces de mantener flotando a un cuerpo humano. Y todo desafiando la ley de la gravedad sin aparente fuerza física.

A los tres estados mentales fundamentales (vigilia, sueño y reposo) se añade el de la meditación, que requiere de mucha práctica para su desarrollo. Meditar sería algo así como la perfecta armonía entre cuerpo y mente. Es a través de esto como podemos alcanzar un estado de levitación, aunque “expertos” en el tema dicen que la habilidad puede presentarse de forma espontánea.

Está documentado que algunos yoguis, médiums y personas que practican Reiki han experimentado un estado parecido al de la levitación: el dominio de su ser por una fuerza superior. No obstante, la comunidad científica rechaza la “antigravedad” y califica todo esto de mera ilusión. Eso sí, reconoce la levitación cuando se producen ciertas interacciones de fuerzas físicas (eléctricas, magnéticas, acústicas…).

Sea como fuere, el poder de la mente es de un alcance desconocido. Lo difícil muchas veces es demostrarlo empíricamente, porque los misterios del mundo espiritual tienen razones que desbordan a la física.

Fuera de lo normal estuvo aquella conferencia de los Yes Men en la que se hacían pasar por representantes de alto nivel de McDonald’s y en la que además aseguraban que los residuos orgánicos del Primer Mundo alimentarían a los países subdesarrollados.

Algo así nos parece descabellado y grotesco (menos mal que es una broma pesada…), pero resulta que hace unos días me he enterado de una noticia casi casi paranormal… En Estados Unidos, que no es precisamente lo que podríamos considerar Tercer Mundo en términos de desarrollo, se emplean residuos con fines alimentarios. Concretamente, residuos urbanos. Estos desechos se conducen en grandes camiones hasta los campos de cultivo y con ellos se ¿fertilizan? las tierras. En total, cuatro millones de toneladas de residuos sólidos de las cloacas se usan actualmente como fertilizantes ecológicos en las granjas estadounidenses.
En un reportaje reciente emitido en Documentos TV, de La 2, se decía que una sola aplicación de estos fertilizantes puede dañar lo que la Tierra tarda 3000 años en regenerar.

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Muchas veces se oye a las madres decir que tienen un instinto o una capacidad especial para saber cómo se sienten sus hijos, incluso después de la primera infancia. Aparte de este sexto sentido maternal, algunas parejas aseguran contar con una conexión especial que les permite saber qué piensa el otro. Y hay terceros que garantizan poder leer la mente de cualquiera; estos son o bien esquizofrénicos o bien clarividentes.

No debe confundirse con la premonición. La telepatía es fácil de explicar y no tanto de demostrar empíricamente. Uno siente lo que está sintiendo el otro; mira al otro y sabe lo que piensa… Incluso se puede enviar una imagen al que está durmiendo para que la incorpore en su sueño (es frecuente en narraciones y películas, pero en los experimentos reales parece tener resultados menos satisfactorios a la ficción).

La telepatía es un tipo de percepción en el que no median los cinco sentidos y en la que se produce una transferencia de información. Forma parte del tipo de fenómenos conocidos como Psi-Gamma.

Para gran parte de la comunidad científica es improbable que tengamos telepatía. La inexactitud de resultados en las demostraciones sustenta su incredulidad. Es más, defienden que nuestro cerebro no tiene la suficiente energía como para poder transmitir información. Los únicos indicios de la existencia de la telepatía son, por tanto, testimoniales.

Hace un tiempo me llegó una de esas fastidiosas cadenas de Internet al correo. Ya iba a borrarla, como hago habitualmente, cuando me sorprendió la frase “no es un milagro, tú puedes curar el cáncer y otras enfermedades”.

A mí siempre me han parecido de otro mundo estas personas que aseguran tener poderes para curar, sobre todo por los timos y fraudes que rodean a su trayectoria “profesional”, pero no es menos cierto que en la naturaleza se encuentran los remedios a nuestras enfermedades. Por ejemplo, la flor digital es buena para el infarto en pequeñas dosis (y de ella se extraen medicamentos).

Pero una cosa es naturopatía y otra charlatanería. Sin embargo, Fray Romano, un sacerdote franciscano brasileño que trabaja en Belén, asegura curar distintos tipos de cáncer con productos de la misma naturaleza.
Ofrece una sencilla receta basada en sábila (aloe vera) que, al parecer, ha sido manifiestamente beneficiosa para muchas personas enfermas de cáncer. No ha funcionado en todos los casos, pero son muchos los agradecidos.

Lo cierto es que las actuales medicinas devienen de recetas ancestrales. No hablemos de capacidades especiales ni de curanderos mágicos, hablemos del poder de la Naturaleza.

En un anterior artículo abría el debate de las percepciones extrasensoriales, fenómenos de los que se encarga la parapsicología.
En parte, de esto nos habla la ciencia noética, una disciplina que intenta poner claridad a los entresijos de la mente (conciencia, alma o espíritu) en relación con el mundo que nos rodea.

Todos nos lo hemos planteado alguna vez, todos nos hemos preguntado si estaría en lo cierto Platón cuando decía que  el alma tiene entidad propia. Uno de los puntos clave donde se centra el debate de la ciencia noética es la existencia o no de un alma que vive independientemente del cuerpo después de la muerte. La postura noética es dualista, es decir, cree en una vida futura donde la conciencia subsiste aun sin cuerpo.
Defienden una existencia lógica de esa supervivencia y mantienen que es también una posibilidad empírica, pues consideran al cerebro un mero transmisor entre la mente y el cuerpo, no un ente inseparable de la mente.
Ya Hipócrates definió al cerebro como “un mensajero de la conciencia”. Sus defensores de los últimos tiempos han sido Schiller, Bergson y James.

Otro de los aspectos que preocupan a los científicos noéticos es la posible existencia de fraudes detrás de esas personas que aseguran tener poderes psíquicos excepcionales.
En muchos casos, sólo se trata de magos que engañan incluso a los propios científicos, pero ellos trabajan con ilusiones no con capacidades paranormales reales.

Los noéticos se muestran bastante escépticos respecto a las personas con capacidades psíquicas especiales. Sobre todo, hacen sus investigaciones con gente común y corriente. Así han llegado a la conclusión de que la telepatía es una facultad presente en todos y cada uno de nosotros, aunque se manifieste de forma inconsciente.

 

No me refiero a la reencarnación ni a la felicidad eterna en el paraíso. Hay quien dice haber experimentado la vida después de una muerte clínica… Responde a lo que se conoce con el tecnicismo de “near-death experiences” (NDEs) o experiencias cercanas a la muerte, que no es otra cosa que la manida experiencia del “túnel”.

Sobran testimonios y faltan estudios serios. Lo que parece claro hasta el momento es que se produce una disociación, una abstracción a una realidad más apacible como defensa ante una situación de extremo peligro para el paciente. En un sentido más poético, podríamos hablar de la separación entre cuerpo y alma (o mente). Se abandonan las sensaciones corporales y la mente deja el soporte del cuerpo para volar a otra dimensión.
En otras palabras, la existencia de una vida “mental” aun cuando el cerebro ya no puede procesar información.

Las personas que han tenido esta aventura multiorgásmica aseguran que ha cambiado su vida, que se sienten preparados para la verdadera muerte. Puede que se recreen en su historia, como cuando nos recreamos en un sueño…, pero desde luego es una cuestión de la que poco se sabe y resultaría revolucionario para nuestro pensamiento encontrar un poco de luz.