El otro día, alentada por una especie de curiosidad irrefrenable, me sometí al buen hacer de una clarividente (según sus propias referencias, bruja de nacimiento). No seré yo quien contradiga la “profesionalidad” de estas personas con dotes adivinatorias que, dicho sea de paso, parecen gozar de mayor popularidad en tiempos de crisis económica -por eso de las depresiones que genera en las familias la carestía y el desempleo-.

Pues fue dicho y hecho. Allí me presenté con la intención de buscar entretenimiento más que respuestas, puesto que soy más bien escéptica respecto a los poderes de adivinación de estas personas. En primer lugar, me preguntó nombre, signo del zodiaco y fecha de nacimiento. Por momentos quise morir de la risa, pues nunca me imaginé en una situación tal… El caso es que la tirada del Tarot perfiló bastantes detalles de mi vida y de mi personalidad, para luego dar paso a aspectos más concretos en los que se puede decir que no erró, sino más bien todo lo contrario.

Yo no daba crédito… La vidente dijo que me habían hecho un mal de ojo, que estaba atada de pies y manos, que llevaba mucha carga encima… Y me sometió a todo un ritual con velas incluidas para liberarme de esas energías negativas (me permitió escoger colores, eso sí). A continuación reconozco que ya me resultaba difícil contener las ganas de reír, puesto que llevo años sin rezar y no imaginaba que una bruja me iba a instar a hacerlo. Será que hay brujas católicas…

Ya fuera de ese “cenobio” estuve hablando del tema con un amigo. Y me decía: “la ciencia no puede estudiar eso porque no es algo sistemático; se estudia como fenómenos aislados”. Lo cierto es que salí satisfecha del lugar, porque después de la casi terapia pareciera que me hubiesen librado de todas las cargas; pero no dejo de pensar en que los clarividentes actúan con mucha psicología y… quizá intuyan más que adivinen. ¿Quién sabe si sea cierto que tenemos un destino, una historia escrita, un maktub o… un plan de Dios?

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