Pánico es lo que sentían las víctimas de Freddy Krueger con tan sólo aparecer en sus peores pesadillas. Y morir de un ataque de pánico no es tan difícil, pero sólo en la ficción. Lo cierto es que los ataques de pánico nada tienen de paranormales y son cada vez más frecuentes (o mejor dicho, hay más casos documentados a día de hoy). Son reacciones tan antiguas como el ser humano; el temor natural frente a lo que nuestro cerebro considera un peligro (real o imaginario).

La edad de “inicio” del trastorno se sitúa en torno a los 18 ó 25 años por lo general y esto hace pensar que los episodios de crisis estén relacionados con la autonomía personal, la desvinculación, la dificultad para afrontar situaciones que causan intranquilidad en el sujeto. En definitiva, todo parece tener que ver con la vida emocional y los significados que se le dan a ésta.

Taquicardia, dificultad para respirar, hiperventilación pulmonar, mareos o temblores. Los ataques de angustia pueden ocurrir en cualquier momento o lugar sin previo aviso. Son la ansiedad llevada al extremo, un trastorno en el que el paciente cree que está experimentando algo peligroso (que morirá de un ataque al corazón o sufrirá un desmayo), pero la realidad es que estos episodios no representan ningún peligro. El verdadero peligro en el que caen algunos afectados por estos ataques es intentar evitarlos por medio de rituales y supersticiones. Eso perpetúa el problema. Así que cuanto antes corrijamos la creencia de que el pánico puede conducir a la muerte, antes podremos atajar el conflicto.

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