Nos debatimos entre dos polos: el bien y el mal. Producimos energías positivas y negativas por igual, muchas veces sin ser conscientes de ello. Al menos, así describen el ciclo de la vida en tantas culturas alrededor del mundo. La fuerza interna actúa en ambas direcciones: nuestras inseguridades pueden ser un perjuicio para nosotros mismos y para el conjunto de los que nos rodean; igual que en el sentido positivo, podemos desviar las buenas vibraciones a otras personas.

La cultura popular se ha afanado en decir sobre el mal de ojo que es una maldición, pero no…, nada tiene que ver con vudú o con hechizos. El mal de ojo (de existir) se produce a través de una “mirada”, como lleva implícito su propio nombre.
Forma parte del inventario de fenómenos supersticiosos y a día de hoy, combatirlo sigue siendo una lucha permanente para muchas sociedades, incluso en Occidente.

La mirada nos delata, dice todo de nosotros. Por eso, desde tiempos inmemoriales ha sido el primer transmisor de energías positivas o negativas del alma humana. Para los expertos en estos menesteres de la clarividencia y las artes ocultas, el órgano con más poder es la vista, porque es el que nos da la primera experiencia de todo lo que hay a nuestro alrededor.
En el caso del mal de ojo, y sin necesidad de que la mirada sea directa (puede ser simbólica), lo que se comunica -consciente o inconscientemente, puesto que muchas veces el provocador desconoce los propios deseos que transmite- es la envidia, la rabia…

Los síntomas que se relacionan con el aojamiento son el cansancio, la falta de concentración, tristeza y llanto permanentes, adormecimiento o, por el contrario, insomnio, que acaban por enfermar gravemente a la víctima. De la misma manera, el mal de ojo se puede desviar hacia una persona muy querida por la víctima.

Desde el antiguo Egipto y hasta la actualidad, en muchos lugares de América y en las culturas orientales, se usan amuletos para prevenir el mal de ojo. Y es común proteger a los bebés con cintas o minerales desde su primer suspiro en la tierra, por ser considerados los más vulnerables a la amenaza.

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