La salud y la enfermedad reflejan la interacción entre el ser humano y el entorno. Las modificaciones en el medio en el que vivimos los humanos comportan alteraciones de las funciones del organismo y la producción de enfermedades. La velocidad de cambio social y nuestra biología pueden acentuar este desajuste, pero si a éste hecho le juntamos un entorno donde encontramos grandes desigualdades sociales y económicas, grandes aglomeraciones urbanas, pésimas condiciones laborales, bolsas de pobreza severas y otras situaciones muy estresantes y sostenidas, podemos entender mejor cómo la salud mental vaya deteriorándose y genere procesos de ansiedad y depresión cada vez más extendidos en las sociedades desarrolladas y en las que están en proceso de desarrollo, como ponen de manifiesto la OMS y diversos trabajos de investigación.

El estrés, palabra que es utilizada de forma masiva y en muchos casos incorrectamente, es un micromecanismo explicativo donde convergen determinados elementos propios de las ciencias biológicas y de las ciencias sociales.

El estrés seria la respuesta por parte de nuestro organismo para reestablecer el equilibrio de nuestro cuerpo (homeostasis) que puede ser alterado por diversas circunstancias.

Los problemas los tendríamos por el hecho de que como seres sofisticados cognitivamente somos capaces de generar hormonas (glucocorticoides) de forma crónica a causa de este estrés psicológico y social continuado.

La subordinación social permanente e involuntaria llevaría a sentirse estresado de forma crónica, lo que daría lugar a una respuesta de estrés hiperactiva y que a la vez conduciría a enfermedades asociadas al estrés. Cuando se pasa de un estado agudo (ansiedad) a un estado de alarma continua y se hace crónico y habitual, comporta determinados procesos más graves como la depresión.

Algunos de estos agentes estresantes psicológicos y sociales son derivados de las mismas desigualdades sociales. Sabemos que las desigualdades sociales en salud son innecesarias, evitables e injustas, y tenemos evidencia científica disponible que corrobora que la pobreza, la desigualdad y la explotación están en los orígenes de la mala salud y de la muerte prematura de muchos millones de personas. La pobreza es devastadora para la salud mental, y el estrés prolongado que provoca la inseguridad económica, el aislamiento social y una falta de perspectivas de futuro, etc. van produciendo unos efectos que se van acumulando a lo largo de la vida y aumentan las posibilidades de sufrir una pobre salud mental de mayor.

Hay diversos estudios y documentos de la OMS en los que se constata que la gente de clase trabajadora, las mujeres y los inmigrantes de países pobres son la gente que presentan peores índices de salud mental.

Sabemos más también de las repercusiones del trabajo inestable, de las diferencias importantes entre la salud mental de las mujeres y de los hombres, de cómo determinadas condiciones laborales precarias y determinadas exigencias en el trabajo afectan a la salud, de lo que supone una doble jornada laboral para la salud de las mujeres y lo que provoca quedarse en paro.

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