Cualquiera diría que un caníbal debe de estar endemoniado o poseído para comerse a otro ser humano…, pero en la realidad muchas veces ha sido el argumento contrario lo que ha justificado la muerte de un compañero de tribu. Esto pasa en el clan de los Korowai, al sureste de Papúa, donde sólo se comen a los miembros “dañinos” para el grupo. Históricamente, también se ha dado este sentido ritual y mágico a la antropofagia dentro del continente americano.

Vive de forma inconsciente en nuestro discurso una idea bien arraigada. Y es que pensamos que las prácticas antropógafas sólo se vinculan a ciertas tribus de América, África o Australia y su periferia, mientras que se rechaza toda asociación de Europa con estas costrumbres “animales”.
Como mucho, aceptamos que el viejo continente acogió el canibalismo en malos tiempos, en tiempos de carestía extrema y de situaciones límite para la supervivencia (Guerra de los Treinta Años, época de los Koljós soviéticos en Rusia…; en fin, algo similar a lo ocurrido en la cordillera andina allá por el 72).

Los católicos comen metafóricamente “el cuerpo de Cristo” y beben su sangre. El propio cuento infantil de Hansel y Gretel, que recogieron los hermanos Grimm, es un reflejo de que la idea de comer al igual no ha estado permanentemente lejana de nuestra mente ilustrada. Y en ocasiones no ha tenido un sentido ritual (como atribuyen fuentes romanas a los pueblos bretones, galos o celtas) ni tan siquiera de supervivencia; se ha llegado a interpretar como una simple tradición gastronómica, pero para eso debemos remontarnos a la época del poblamiento de Atapuerca.


Con cara de loco pintó el mismo Goya a Cronos (Saturno) devorando a su hijo… La mayoría de los casos en Europa se relacionan con una larga lista de psicópatas, por lo general también degenerados sexuales. Es el caso del alemán Georg Karl Grossman, el del también alemán Fritz Haarmann…, similar en su historial a Albert Fish, un ser inclasificable.
Y yo me pregunto: ¿no habrá en Europa quien conciba la antropofagia como un hábito culturalmente aceptable? Hablamos de enfermos mentales…, pero nadie cae en la cuenta de que también pueden existir personas cultas y “civilizadas” que pasan a nuestro lado y nos saludan cortésmente…, personas que tienen la fantasía de comer a alguien bajo pacto (o no), o de ser comidas, por el simple hecho de probar nuevas experiencias. Personas excéntricas en las que no funciona correctamente la represión. Y se defenderán…: “¿por qué está mal mi acto?, ¿por qué lo consideras perverso?”.  A fin de cuentas, parece que vivimos en la sociedad del relativismo (también cultural), donde ya no se defienden principios universalmente morales y cada cual los cuestiona y los somete a su criterio antojadizo. Es cómodo recurrir al argumento de “somos animales” ligado a la naturaleza humana para justificar la legitimidad de las prácticas homosexuales. Sin embargo, nos vemos abocados a caer en la propia justificación del canibalismo o del infanticidio.

¿Valoramos igual el acto de la tribu que se come a un hombre en una ceremonia mágica o los esquimales nómadas que se alimentan de sus mayores que al europeo con ansia de nuevas sensaciones? Seguro que no… Esperamos otro comportamiento de ese hombre civilizado. El canibalismo apela a nuestros instintos primitivos, a la supervivencia…, pero también a una complejidad de afectos. Es una sinrazón que vive dentro de todos. Lo que no pensamos es que el caníbal muchas veces es un hombre común, casi casi como nosotros.

Anuncios