En su acepción psicológica más amplia, es la ausencia de compañía. Propia del ser inteligente que es capaz de relacionarse como tal con sus semejantes y de experimentar, al carecer de alguien presente con quien comunicarse, el estado afectivo de sentirse solo. Es el resumen de las entradas anteriores. Pero tal situación puede darse de modo que prevalezca la impresión penosa de aislamiento y privación, que es la soledad negativa; o bien con predominio de posibles compensaciones, soledad positiva.

El hecho paradójico de la soledad actual, es la impresión de sentirse aislado disponiendo de múltiples recursos de comunicación. Es la antinomia que ha suscitado en nuestro tiempo la reflexión de no pocos pensadores. Es esta presente situación del hombre occidental en la era vertiginosa de la técnica, del bienestar y de la colectivización. La persona se encuentra habitualmente entre hechos que le absorben, quehaceres que le ofrecen poco beneficios, medios de satisfacer sus apetencias, personas copartícipes de sus empresas e intereses humanos y vitales.

Este hecho siempre fue conocido, sin llegar a constituir problema serio. Es natural en personas de edad, pero en los jovenes, tiene origen.

Sin embargo, existen unos factores que incitan esta enfermedad, como la depresión, tristeza, dolor en el alma, desilusión o algún padecimiento psiquiátrico como causas internas; mientras, en los factores externos, la queja más extendida en nuestros días, que afecta a todos, es la falta de tiempo. Expresiones del estilo: “no tengo suficiente tiempo”,”necesito más tiempo”, “el día debería tener 28 horas”, están a la orden del día, siendo éste el primer factor para comenzar la soledad. El compromiso que exigen las empresas impide que muchos trabajadores sean dueños de su tiempo, y lo lamentable, es que en el nombre del estatus y del dinero, cada vez más personas viven como si su ocupación fuera el centro de su existencia, descuidando las necesidades emocionales de sus familias.

Otra causa común, son los desplazamientos laborales. El problema es más importante de lo que en una primera visión pueda parecer, pues los afectados vienen viviendo en un continuo estrés que, en muchas ocasiones, degenerará en enfermedad. La ansiedad, los trastornos del sueño, los desórdenes alimentarios, las afecciones cardíacas parecen interrelacionar bastante, con esta causa. La soledad es el peor enemigo de los que viajan por trabajo, ya que suelen conllevar largas esperas en aeropuertos, agendas interminables, conflictos familiares o la misma soledad. Este último factor, de hecho, está considerado por la agencia de seguros de viaje como el principal potenciador de la siniestralidad. El motivo es que la desprotección hace que los riesgos a los que se enfrentan los profesionales, ejecutivos y empresarios en sus viajes se incrementen, al tener que enfrentarse en solitario a los imprevistos que puedan surgir en el desplazamiento.

Más factores son la carencia de recursos sociales, Económicos e incluso la muerte, que serán definidos y analizados más adelante, pero que según su duración, puede ser crónica, con rasgo duradero de la personalidad; o situacional,  período breve de tiempo que remite a formar nuevos vínculos sociales.

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