No es una ni dos. Son muchas las personas que aseguran haberse anticipado a una amenaza. Y quien dice anticiparse a una amenza, habla también de sentirse observado cuando, efectivamente, así es.

Algo tan simple como notar unos ojos en la espalda, advertir un cambio de semáforo sin tener la vista fija en él,  levantarse con un mal augurio que luego se materializa… O el llamado “sentido maternal”, que explica un estrecho vínculo entre madres e hijos.

Me refiero al mundo de las percepciones extrasensoriales. Nadie cuestiona que los animales tienen un código comunicativo especial y una sensibilidad única que se activan ante lo que va a ocurrir. Son capaces de identificar señales inmateriales de peligros que puedan poner en jaque su existencia.

Y como animales, los humanos no escapamos de eso, aunque en nosotros la sensibilidad de percepción se manifieste de una forma menos contundente. Sin embargo, parece que la gente se muestra más escéptica a admitir que existe una capacidad extrasensorial que trasciende la experiencia en el caso humano. Este temor a aceptarlo probablemente tenga su razón de ser en la incredulidad que despiertan muchos charlatanes que manifiestan su facultad de prever los acontecimientos cuando no es una capacidad real ni verificable.

Pero lo que yo trato de reflejar es que viene en clave democrática, porque afecta a la totalidad de las personas. La percepción extrasensorial se manifiesta en cada uno de nosotros. Igual que unos han llegado a regiones mentales que resultan inexploradas para otros, la percepción extrasensorial fluctúa en cada persona. No sé si es una cuestión de entrenamiento o, por el contrario, algo innato; supongo que es una combinación de ambos elementos.

Hace poco, hablaba del tema con una defensora a ultranza de estas habilidades y me decía que es normal que no las desarrollemos (aun teniendo la capacidad), cuando en lugar de vivir en unión a la naturaleza estamos cada vez más embrutecidos por la tecnología. Aseguraba que si nos desconectásemos de lo material y pudiéramos entrar en un plano más espiritual, no sería tan complicado cultivar lo que ella define como “un don maravilloso que todos tenemos en nuestra mente”.

Para demostrar esta capacidad humana se han llevado a cabo algunos experimentos en universidades tan prestigiosas en el campo investigador como la Universidad de Yale (Connecticut). Sin embargo, el desinterés y la poca garantía que le concede la opinión pública a esta cuestión de la percepción extrasensorial han tirado por tierra todo intento de avanzar en la obtención de resultados concluyentes.

En alguno de los experimentos se trataba de hacer visible cómo aumenta el ritmo cardíaco de un sujeto al que se está sometiendo a una amenaza de la que no es aparentemente consciente. En otras, a un nivel más neurológico, se observaban los cambios en el funcionamiento del cerebro cuando se activa el  “sexto sentido”. Lo que sí hay claro es que el ser humano no explota la mayor parte de sus capacidades mentales, no suele ser consciente de las sensoriales y, por lo general, tampoco mejora en las espirituales.

Pero… ¿por qué hablar de magia y de premoniciones, de dones celestiales y capacidades sobrehumanas… cuando se trata de una cualidad común y extendida? Conscientes o no de ella, la tenemos. Hasta ahora, el estudio sobre esta percepción extrasensorial es más sociológico que científico, pero ¿quién nos dice que mañana no tendremos una respuesta concluyente? Habrá que esperar a que a alguien le guste tanto el tema como para financiar una investigación en condiciones.

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